CRÓNICAS DE SINUHÉ 2

Por Angelo Olivier

“Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo del porvenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los reyes.”

 Sinuhé, el egipcio. Mika Waltari

 Ta-Aabet se media en plena estación de la siembra cuando los colmillos del chacal bailan tras los palmerales: olfatean carne de cadáver y salivan de satisfacción. Algún buitre se adentró ayer hasta la puerta de mi tienda en medio de la noche, pero aún blando la daga de Faraón para mi purificación final y conseguí conciliar el poco sueño que debe disfrutar un viejo como yo. Porque no deseo cerrar los ojos y me digo: “Sinhué, perro desdentado y torpe, ¿de qué te sirve recordar lo que es solo eco y polvo?”, y sonrío. Me río con la boca descarnada y muestro las prietas hileras rojas sin soldados de marfil que desertaron ya al aproximarse el Juicio. “Loco. Viejo loco. ¿Qué te preocupa de ese futuro incierto que se yergue sobre las copas del palmeral, ese ojo de Atón, incandescente y henchido de sangre, esclavitud y peste? Mañana puede que tu cadáver satisfaga algo al chacal y al buitre, mis pacientes y fieles espectadores ¿y te preocupas por el porvenir de los moradores de la Tierra Negra?” Sí, soy un viejo estúpido, o quizá Faraón se sirve de esta Estupidez Universal de sus siervos para mantener el Orden y el Bienestar en la ribera del padre Nilo.

 El Orden. El Bienestar. El látigo. El hambre. El Clero y nuestros mil dioses. Los felahs con la espalda vencida sobre millones de surcos. Faraón. Egipto. El Todo. La Náusea.

 Escucho.

 Si más allá de la Tierra Roja no se alzan los hombres, no cesan el llanto las plañideras ante la boca de la morada eterna, y en la hoguera del futuro no inmolamos a nuestros hijos, ¿de qué preocuparnos ahora? Millones de barcas surcaron el camino de Atón, y millones más lo harán sobre el firmamento mudo y ciego que nos contempla acostumbrado a nuestros gigantes monumentos de hormiga, y nada cambiará.

 Sigo escuchando.

 El Orden. La Sangre del siervo. Faraón y el Clero. Un pedazo de pan podrido. Lealtad. Esclavitud. Fe. Servidumbre. Libertad…

 Me lloran los ojos y apenas los mantengo abiertos para no dejar de mirar hacia la noche, escuchar el viento y el rumor de la muerte que me acecha, paso a paso, paso a paso… aprieto la daga.

 Y sigo escuchando.

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Acerca de Elena Fernández

Para todo el mundo seré lo que aparento pero para ti, solo lo que sientas.
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